
Este blog existe desde 2007. Sin embargo, esta es su primera publicación.
No siempre fue así. Hasta ayer este blog tenía textos míos de distintos años, desde 1998 hasta 2019, año en el que hice mi última publicación. El año en el que dejé de escribir.
Han pasado muchas cosas en todos estos años. A lo largo de la vida de este blog he publicado por bloques; la vida siempre me ha interrumpido en este camino de la escritura, sobre todo en épocas en las que escribir era mi principal fuente de ingresos.
Pero, menuda incoherencia, diréis, ¿cómo que has dejado de escribir cuando te ganabas la vida escribiendo? Simple, ya no escribía literatura; ni un relato más, ni un poema, ni tan siquiera un diminuto haiku. Escribía para otras empresas: textos corporativos, artículos de divulgación, reseñas falsas para un restaurante al que nunca fui, ni iré, porque cobran más de 30€ por una tortilla francesa venida a más (qué irónico haber tenido que aceptar ese trabajo para poder comer aquel mes), haciendo de ghost writer para una web de maternidad con tanto acierto que mi familia pensaba que había cambiado de idea respecto al tema hijos, o que ya estaba embarazada, y otros tantos trabajos del estilo.
El resultado: mi cerebro se saturó de palabras anodinas y mi creatividad se desvaneció. La página en blanco se quedó de okupa en mi cabeza y, aunque conseguí echarla en un par de ocasiones, no conseguía ser constante y seguir escribiendo.
Esto me pasó en varias ocasiones. Se podía ver en mis publicaciones: 2007, 2009, 2012, 2014, 2017 y 2019. Había momentos de publicar mucho seguidos de años de pausa de por medio. La más intensa fue desde 2019 hasta este diciembre; casi cuatro años en los que el trabajo, la pandemia, las mudanzas y tantas otras circunstancias se juntaron y mi cerebro se declaró en huelga. Dejé de escribir de nuevo, pero esta vez también dejé de leer. Perdí el gusto por las letras, por la cocina, por ver a mis amigos, por todo. Me perdí a mí misma durante un tiempo; era como si yo estuviese allí, pero rodeada de agua y no pudiese escucharme, como si se me ahogasen las palabras cuando intentaba gritarlas.
Esto me llevó a mediados de 2022. Llevaba unos meses en los que mi rutina era mirar al techo sin ganas de nada, trabajar, comer y dormir cuando el insomnio me dejaba. Se me pasaban los días como un bucle triste y gris. Y me cansé, esa no era la vida que quería, por la que llevaba toda mi vida luchando. Así que tomé decisiones de esas que te cambian el rumbo por completo y aposté por mí, por mi salud y por reconstruir los pilares que me forman. Me di tiempo para sanar, para salir de ese lugar en el que me había ido hundiendo sin darme cuenta y me concedí la paciencia que llevaba mucho tiempo negándome. Busqué ayuda. La encontré en mis personas ancla, que no soltaron mi mano cuando necesité apretar fuerte y sujetarme en ellos y en grandes profesionales. Funcionó.
Fue un cambio enorme y llevó tiempo, pero mejoraba cada día un poquito. A veces recaía, pero cada vez la caída era menor y era más fácil remontar. Cambié de trabajo, cambié de lugar, pero no cambié de personas, no de las importantes. Me fui armando de nuevo, pieza a pieza, como un puzzle infinito que iba tomando forma. Y, de pronto, un día de diciembre de 2022 paseando por la Fnac de Málaga mi cerebro me dijo: «oye, ese libro de ahí, sí, ese, me apetece leerlo». Me emocioné mucho, era una muestra clara de que estaba encontrándome de nuevo. Volví a leer. Meses después me pasó lo mismo con la escritura. Las ideas empezaron a brotar como de un tanque que llevaba sellado mucho tiempo y que ahora no podía contener más agua.
Cogí todas esas ideas viejas que tenía aparcadas y empecé a jugar con ellas. De todas, una de las que lleva más años dándome vueltas en la cabeza se quedó; apareció de nuevo en Abril de 2023, mientras paseaba por la playa de la Barceloneta con una de mis mejores amigas hablando de todo un poco. Me preguntó cómo estaba; ella era una de mis personas ancla, así que sabía que había sido un año difícil. Le dije que estaba mejor y, entre tema y tema, surgió el de la escritura. Le hablé de esta idea y la entusiasmó. Me dijo que debía escribirla, que a ella le encantaría leerla, que era importante y que era una buena idea. Su entusiasmo se me contagió y supe que tenía razón, que esta idea no podía quedarse en el tintero. Siempre le estaré agradecida por aquella charla en la que me enseñó un poco de Barcelona y otro poco de mí misma.
Así surgió una parte de mi proyecto: escribir, no un relato, no un poema, sino una novela corta. Es como dar un salto nuevo en este camino que tanto me gusta y que tanto extrañaba sin saberlo. Da miedo porque, para mí, escribir es un ejercicio de vulnerabilidad; asomar sin armadura ahí fuera requiere un poco de locura y otro tanto de valentía. La locura siempre me ha acompañado, la valentía la estoy cocinando a fuego lento para que esté lista cuando haya terminado el libro.
Así me acerqué de nuevo a la literatura. Pasaron unos meses más y yo seguía sintiendo que me faltaba algo, pero no estaba segura de qué. Y entonces pasaron dos cosas bonitas que me dieron la respuesta.
La primera fue reencontrarme con mis padres después de más de diez años sin verlos. Un momento irrepetible. Mi madre me trajo algunas cosas que yo había dejado en Venezuela cuando decidí coger un avión y mudarme a Galicia. Entre esas cosas había pequeños recuerdos de los años en Caracas, detalles como las pinturas de mis tiempos de estudiante de diseño, los guantes que llevaba cuando me subí a volar en parapente, mi medalla de graduación de bachiller. Y, entre todas esas cosas, había un diario que me habían regalado a los 9 años y en el que, años después, había escrito muchos de mis poemas, los que escribí durante mi infancia y adolescencia. Ya no recordaba aquel diario perfumado de hojas de color pastel, pero al tocarlo, olerlo y abrirlo, me reencontré con una emoción tan pura que quise revisar mi camino hasta ahora.
La otra cosa bonita que me ocurrió es que volví a quedar con mis amistades y volví a tener ganas de conocer a otras personas con las que disfrutar de un café y una buena charla. Conocí a la pandilla de Leemos entre líneas, un grupo maravilloso de lectores en Ourense que cada mes se juntan a hablar de libros; un club de lectura con un buen rollo increíble y, entre ellos, a unos cuantos apasionados de las letras, como yo, que tenían Instagram y compartían sus lecturas y experiencias y me encantó. Eso, y volver a hablar con mis amigas, aunque fuese en la cafetería de un gimnasio solo una hora mientras sus peques estaban en el fútbol, o por una videollamada, que iba a ser corta, y acababa alargándose porque surgía el tema libros y ya no parábamos hasta que había que colgar porque se nos acababa la batería del móvil, me hizo darme cuenta de que eso era lo que me faltaba.
Necesitaba la conexión con los demás. Mi parte social. Comunicarme con otros, aprender de ellos y compartir de todo un poco. Esa era la pieza que estaba buscando.
Así es como llegué de nuevo al blog, que tenía aparcado desde 2019. Lo leí entero, cada entrada, cada borrador. Leí mis poemas de la niñez. Me reencontré con las muchas María José que soy y vi que todo este camino me estaba trayendo a un lugar en el que por fin supe qué quería hacer con Letras peregrinas y hacia dónde quiero llevar este proyecto. En septiembre de 2023 empezó la tormenta de ideas. En octubre creé el Instagram, diseñé el logo, por casualidad conseguí el nombre del dominio tal como lo quería, rediseñé el blog, compartí la idea con amigos y empecé a darle vueltas a cómo quería que fuese esta nueva etapa. Pero no empecé a publicar; todo tenía que ser perfecto y no parecía encontrar el momento adecuado para arrancar.
Y así llegamos al 12 de noviembre de 2023, un día cualquiera hasta que vi una publicación de Instagram de esa amiga del paseo por Barcelona, que de pronto me sorprendía, una vez más, con el lanzamiento de un proyecto nuevo, completamente diferente a lo que ella hacía hasta ahora. Se había lanzado al vacío sin paracaídas y yo estaba allí presenciando el momento, asombrada e inspirada por ella. En su publicación había un fragmento que parecía escrito para mí: «Dicen que, si esperas a que esté todo perfecto para dar el pistoletazo de salida a un proyecto, nunca lo empezarías, así que con toda la cautela pero con mucha ilusión, hoy doy comienzo a esta nueva iniciativa tan impulsiva como apasionante.»
Fue como un toque de atención, un «espabila, que esto vale la pena, ¡usa tu entusiasmo! no dejes que esa ilusión del inicio de algo que te apasiona se desvanezca antes de empezar. ¡Salta!». Y salté, con las ideas desordenadas pero sin miedo, no tenía nada que perder y sí mucho que ganar, y así es como publiqué mi primer post en Instagram presentándome y presentando Letras peregrinas de nuevo, ahora sí, sabiendo hacia dónde quería llevarlo. Si algo puedo aconsejar de esta experiencia es: rodearos de personas a las que admiréis y que os inspiren, siempre con las manos abiertas; aprenderéis muchísimo con ellas y sacarán siempre lo mejor de vosotros.
Ahora que había dado el salto estaba la parte de «y ahora ¿qué? ¿qué voy a publicar?». Me senté a hablar con mi chico, otra de mis personas ancla y que me ha cuidado las alas desde que nos conocemos, y surgió la idea de hacer el calendario de adviento librero, la selección de libros, la pizarra blanca que empezó a llenarse de palabras, de colores, de títulos. Inicialmente iba a hacer reels para presentarlos, pero carecían de lo más importante, de esa conexión que anhelaba.
Así, el 1 de diciembre empezaron los directos sin más, sin buscar que fuesen perfectos, solo reales. Día tras día hacía directos y cuando se unía alguien o cuando comentaban algo la sensación era indescriptible, un subidón de electricidad pura; era como si la barrera de la pantalla se difuminase un poco por momentos y pudiese acercarme más a esas personas. Me hizo darme cuenta de que yo soy mejor cuando comparto con los demás, el entusiasmo es contagioso y necesito de esa chispa para brillar con más fuerza y transmitir mi pasión por las letras; nada mejor que una buena charla entre amigos que compartimos aficiones para pasarlo bien de verdad.
Y así llegamos a hoy. Los directos están muy bien y seguiré haciéndolos, pero yo necesito escribir y creo que los blogs aún no han muerto, sigo disfrutando con algunos amigos blogueros y creo que es un medio maravilloso para expresarnos. Pero mi blog tal y como era ya no me reflejaba a mí, la María José de 2024; mostraba a muchas otras que ahora debían dejarme paso para crear de nuevo. Entendí que, igual que yo he estado reconstruyéndome a mí misma estos casi dos años, debía reflejar lo mismo en este espacio. Por eso, aunque el blog lleva abierto desde 2007, ahora tiene una nueva vida y quiero honrar eso empezando de nuevo, contando esta historia y reconociendo lo mucho que he cambiado en los más de 20 años que llevo escribiendo, leyendo y amando las letras.
Si os gusta leer, conmigo no os vais a aburrir, tengo cuerda para rato. El nuevo Letras peregrinas queda oficialmente inaugurado.
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